La corbata de Marilyn

20.10.2011 18:38

 

Una corbata me mira desde el televisor. Zigzaguea ante mis ojos, baila y me embelesa haciéndome sentir como la serpiente del `Rey de la Selva´,  hipnotizada ante su imagen repleta de dibujos tribales. ¿Qué contaba mientras el portador de tal complemento?, creo que algo de un volcán en la isla del Hierro.

 

Una corresponsal hace una crónica  emulando a Marilyn. Vestido de profundo escote blanco, pelo oxigenado y peinado con ondas al agua, maquillaje de noche, y una sonrisa cosida a los labios. Me parece recordar que relataba algo sobre unos niños desaparecidos en mitad de un solar.

 

Otra periodista habla de un conflicto bélico en algún país lejano, peleándose con su melena suelta que se empeña en enredarse al micrófono, a sus pendientes demasiado largos, a sus manos que también se mueven al compás de una pieza sonora, y a su sonrisa que nada tiene que ver con lo que relata.

 

Los tres son claros ejemplos de comunicadores fallidos; el “ruido” de su ropa, complementos y lenguaje gestual interfiere en el mensaje que pretenden transmitir.

 

El hombre pegado a una corbata, convertido en una corbata superlativa (permítanme el guiño al Góngora retratado por Quevedo), era un experto en movimientos sísmicos, entrevistado por varias televisiones. ¿Fue culpable de haber escogido un atuendo que interfería su discurso?. Puede que sí, que se empeñase en ponerse una prenda repleta de líneas y de dibujos a sabiendas de la distracción que supondría, porque su hija se la trajo de un viaje de fin de carrera, o su mejor amigo se la hubiese entregado por sus veinte años al frente del instituto que dirige. Aunque en mi caso, siempre que he aconsejado a un cliente o amigo que huya de determinados complementos, y le he indicado cómo vestirse en una entrevista, ha asumido que la premisa del “menos es más”, ante una cámara es un garante. (Prepararse la intervención y “hablar para que nos  vean” como decía Sócrates, es también imprescindible). Aun así “perdono” a un experto en sismografía su osada indumentaria (que sufrí hasta en cuatro ediciones de informativos distintas), ya que no hablamos de un comunicador. Pero el caso de Marilyn... el caso de nuestra particular “rubia de oro” es único.

 

Dos niños desaparecen en Córdoba. Dos periodistas de un canal cubren lo que acaece en torno al domicilio de la familia paterna, y materna. Una de ellas, lo hace con ropa que no recuerdo. Imagen aséptica y una locución perfecta. Asume que ella no es la noticia, no es protagonista ni busca ser recordada. Su premisa es informar, ser el instrumento gracias al cuál el mensaje de lo que ocurre llega a mi casa, y a la vuestra. La otra se pone cada día su ropa de los sábados. Ese tipo de prendas que cuando tienes menos de veinte años reservas para los fines de semana por escotadas, empedradas, ceñidas o escuetas. Se peina y se maquilla como si tuviese una cita, y muestra su mejor sonrisa, a pesar de estar relatando que los cadáveres de dos menores podrían descasar en la finca en la que se encuentra. Una noche, nuestra Marilyn, lleva un vestido blanco, a mediodía una camiseta azul eléctrico, a lo Eva Sannum, y por la noche otras estrafalarias prendas inusuales por las horas, el lugar y el mensaje que pretende transmitir.

 

La tercera cronista, sonríe al relatar que un número indeterminado de personas ha fallecido, mueve sus manos a lo Luis Cobos, y se pierde en la indómita tarea de intentar controlar su pelo y sus complementos.

 

Como periodistas no muchas veces somos libres. Las líneas editoriales de determinados medios no siempre nos permite elegir dónde, cómo, de qué manera y en qué contexto enfocar una noticia. Debemos intentar ser objetivos, aunque siempre será una pretensión a medias, como la de ser feliz. Inacabada aunque puede rozarse en muchas ocasiones.

 

Nuestro lenguaje gestual representa el 70 por ciento de aquello que comunicamos. Si sonreímos, fruncimos el ceño, movemos las manos, nos tocamos nerviosamente la melena, o nos rascamos una oreja, estamos dando información.

 

Nos siempre tenemos la posibilidad de enfocar una noticia como querríamos, como nuestro instinto nos dicta, pero siempre debemos intentar hacerlo buscando que nuestro mensaje no se pierda, que no se desinfle. Nuestra forma de vestir, hablar, nuestra manera de presentarnos ante la cámara dice cosas que despistan la atención de quienes quieren saber qué es lo que está ocurriendo. La televisión no es la radio. No te escuchan por lo que dices; te miran, te ven y por ello cada espectador procesa información y emite un juicio de valor. No se trata de parecer bustos parlantes, sino de fundirnos con la noticia y lograr que lo que verbalizamos sea lo que recuerden de nosotros. De otro modo podría pasarnos como a Marlyn Monroe, a quien muchos recuerdan como una mujer bella asida a un vestido, y pocos evocan como la poeta, intelectual y amante de la cultura que se dice que fue.

 

 


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