Había una vez un circo by Montse Monsalve
Aun recuerdo cuando “payasos” eran solo cómicos con nariz roja, los circos eran grandes atracciones que embelesaban a grandes y pequeños y un contorsionista era alguien capaz de convertir su cuerpo en un instrumento mágico y elástico, dispuesto a colarse en cajas y manos ajenas. Esos tiempos en los que los puñales se lanzaban a manzanas y los trucos de magia recababan los aplausos de un público inocente que veía desaparecer billetes y nacer conejos de chisteras.
Hoy todos esos términos se usan en tan gran medida en otros ámbitos, cobrando matices tan peyorativos que nos han robado la alegría por ver a tigres, leones y ondear banderitas y algodones de azúcar entre bambalinas.

Personalmente evoco la llegada del Gran Circo Mundial o del Circo de Teresa Rabal a mi pueblo. Esas furgonetas clamando por las calles con música que te hacía poder ver a los trapecistas solo con cerrar los ojos, y su publicidad dinámica tronando mañana y tarde. Ayer volví a escuchar la misma cantinela, décadas después, y el tipo de publicidad no ha cambiado. El circo llega a la ciudad, carteles retro así lo avalan, cuñas en radios locales, algún anuncio poco elaborado en prensa, y descuentos en entradas en los principales comercios se asoman buscando captar al público. En Ibiza el año pasado durante su estancia en la isla falleció una pantera y se escapó un dromedario. El circo es así.
Luego hay otro circo. Ese que tampoco ha cambiado en los último 30 años. Aquel cuajado de payasos sin nariz roja, contorsionistas capaces de salir airosos de cualquier encierro, trapecistas y funambulistas que legislatura tras legislatura siguen viviendo del cuento y paseando por la cuerda floja, magos que hacen desaparecer maletines y cortan por donde quieren a nuestra maltrecha economía, y lanzadores de cuchillos que arrojan a diestro y siniestro puñaladas con un único fin; continuar en sus sillas y gobernar un país con demasiados capitanes y pocos marineros.

Estamos cansados de carteles que nos prometen grandes artistas y animales exóticos y en cambio nos muestran a osos cansados y a monologuistas de tres al cuarto que no consiguen ni hacernos reír. El circo del Congreso y el Senado, de Ayuntamientos, Diputaciones, Consells, Cabildos y Ayuntamientos necesita una reforma que, a lo Operación Triunfo, escoja a las principales voces y despida con una palmadita y un abrazo a quienes no estén a la altura.
Este Estado del Bienestar, en el que los ciudadanos de Baleares, por ejemplo, vamos a aportar, según anuncian, más que ninguna otra región al gobierno central, y a cambio, seremos los que menos percibiremos, está desequilibrado. Es el momento de cambiar las reglas, de hacer una nueva política y un nuevo márketing para que las gradas vuelvan a llenarse.
Yo hoy no quiero seguir cantando el “veo, veo”, quiero ver el país que merecemos, uno en el que el que quiera trabajar pueda hacerlo, el que quiera consumir, lo haga sin miedo, y en el que los pícaros vuelvan a los libros épicos.
Quiero que venga el circo a mi ciudad y se lleve consigo, como una horda seducida por flautas metafóricas, a todos lo que no aportan nada y nos quitan mucho.